Facilitadores

Angela y Helmer

Presencias sagradas

Una breve biografía de Hélmer Zuluaga y Ángela Durán (Hermana María)

El encuentro

Hélmer Zuluaga y Ángela Durán –Hermana María desde 2010– se conocieron en un curso de filosofía en la Universidad Javeriana. Era 1964. Él tenía 23 años, ella 18. Él quería ser cura. Ella soñaba con ser parte de una comunidad de religiosas.

Hélmer

El 19 de abril de 1941 nació en Restrepo, Valle, pero toda su familia es de Carmen de Viboral, en Antioquia. Fue el primogénito, luego llegaron dos hermanas: Rosalba y Elisa. Cuando terminó la primaria el cura del pueblo, para facilitarle la continuación de sus estudios, le propuso hacer el bachillerato en el Seminario Conciliar de Cali, donde estuvo interno siete años. Oró, meditó, estudió teología. Aprendió a poner inyecciones. Soñó con ser médico. Llegó a Bogotá con el propósito de estudiar medicina, pero por los altos costos de la carrera se presentó a derecho en la Universidad Javeriana, donde obtuvo el segundo puesto entre 500 estudiantes. Su propósito era terminar sus estudios y regresar al seminario. Cuando finalizó tercer año de derecho, entró a un curso de vacaciones sobre filosofía –una materia que de vez en cuando enseñaba en colegios de la ciudad–. En la segunda clase conoció a Ángela Durán.

Ángela

Nació el 10 de septiembre de 1946 en Bogotá. Fue la única hija de un padre que adoraba el fútbol y una madre polifacética e intelectual. Estudió en el Colegio Sagrado Corazón, donde tuvo su primer acercamiento al mundo místico del catolicismo y pudo explorar ese interés espiritual que la marcó desde pequeña. Cada viernes, cuando salía del colegio, compraba un cómic sobre la vida de un santo. Su mayor deleite era descubrir a Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz. Tenía claro que dedicaría su vida al servicio. Mientras decidía a qué comunidad de religiosas pertenecería, entró a la Javeriana. Un curso de filosofía seguro despejaría su mente. Entonces conoció a Hélmer Zuluaga.

El comienzo

-Hélmer empezó a invitarme a tomar tinto y a pedirme prestados apuntes, y un día me dijo que él quería acompañarme. Yo le dije que no porque iba a la misa de doce a Las Aguas, y a mí me sorprendió porque dijo: “Yo la acompaño”. Y así fue como comenzamos a conocernos.

-Seguramente para mí ir a misa no era ningún problema. Uno tiene misa todos los días en un seminario.

-Luego él me fue motivando para que entrara a la universidad, habló con el decano de psicología y lo convenció de que me recibiera porque las matriculas habían pasado hacia tiempos. Todo se fue dando naturalmente y a los tres años de conocernos decidimos casarnos.

-No tenemos claro en qué momento nos fuimos destapando. Yo no recuerdo ni el primer beso. ¿Tú recuerdas eso?

-En absoluto.

Fuera de lo común

En la Javeriana los jesuitas solían organizar charlas sobre parasicología o esoterismo a las que asistían sin falta. De repente, un nuevo interés espiritual comenzó a gestarse. Por esa época la librería de Israel Rojas, que estaba ubicada en la calle 13 arriba de la séptima, los surtió de la literatura necesaria para emprender el camino: los libros de Annie Besant, Edgar Cayce y Paramahasnsa Yogananda fueron definitivos.

En 1972, en una casa del barrio La Macarena, conocieron la Meditación Trascendental, una práctica que enseñaba Maharishi Mahesh Yogi en la India y que empezaba a expandirse con fuerza en el mundo luego de que el gurú se hiciera famoso al enseñar su técnica a Los Beatles.

-Íbamos casi al escondido porque era mal visto. A Ángela se le facilitó más que a mí comenzar a creer en la famosa reencarnación, a mí eso no me entraba por ningún lado, era como hablar del diablo.

-Hablé con Dios y le dije: “Señor, necesito saber cuál es la verdad”. Y estuve un año en ese proceso. Me ayudó mucho Autobiografía de un Yogui.
Hasta que un día tomé la decisión de no cuestionar nada.

En 1983 Maharishi pisó tierra colombiana por primera vez. Ellos estuvieron ahí para verlo. Se sentaron en la última fila de un auditorio en el centro de la ciudad, pero los asesores del gurú les pidieron que se ubicaran adelante. El maestro los quería cerca.

-Esa noche habló sobre la filosofía del derecho natural, un tema que yo enseñaba en varias universidades. Le dije: “usted cómo sabe del tema”, y me contestó:” no, por eso le pedí que viniera aquí. Yo simplemente iba extrayendo lo que usted tiene en su cabeza”. Esa fue la primera experiencia rara que tuve con él. Para nosotros siempre fue Jesús el mayor maestro pero sí lo vimos como una persona muy especial, de una alta espiritualidad.

En 1984 apareció el Método Silva y un año después comenzaron el entrenamiento para certificarse como entrenadores del método de autoayuda y desarrollo mental ideado por el parapsicólogo de origen mexicano José Silva. Años después, por desacuerdos con la organización, decidieron partir. Fue el padre Gonzalo Gallo quien les dio el empujón que necesitaban para empezar a forjar su propio camino. “¡Váyanse! pero organicen algo porque la gente los necesita”, les dijo.

Desarrollo PHI y La Era Azul

Era 1989 y el futuro centro comercial Hacienda Santa Bárbara estaba en obra gris. Con la idea de tener un salón donde dictar los talleres, compraron un amplio local del que sacaron tres espacios: un almacén, un salón grande y uno más pequeño. Un nombre por el cual identificarse frente a su eventual reconocimiento se volvió de evidente necesidad. Se constituyó el Centro de crecimiento personal y expansión de la conciencia, Desarrollo PHI, Potencial Humano Integral del Poder Holístico Interior. También sabían que en un centro comercial era imperante vender algo.

-¿Qué sabemos nosotros? De comercio nada, pero de libros sabemos alguito. Como leíamos tanto le dije a Hélmer: “pongamos una librería, si no funciona no pasa nada, se lo arrendamos a alguien”.

Así nació La Era Azul, un nombre que hace alusión a los colores de esta era: el azul, el gris y el blanco. Los primeros libros llegaron en dos cajitas que enviaron las hermanas Paulinas del centro de Bogotá. Costaron $132.000 y se ubicaron en sillas de la futura librería.

En abril de 1990 dictaron el primer taller: se llamaba PHI Básico, duraba cuatro días y ofrecía a los participantes un casete de relajación de 30 minutos que pronto se convirtió en una poderosa herramienta de sanación para las cientos de personas que han pasado por los talleres y la librería.

La escuela de Gerardo Schmedling

Gerardo Schmedling apareció en 1998 en la vida de Hélmer y Ángela. Las enseñanzas que durante seis años recibieron de él cambiaron radicalmente su manera de ver el mundo. Ideas como: “los demás no me pueden hacer daño” y la importancia de renunciar a culpar y criticar a los otros, terminaron de cambiar un mundo de creencias que hacía varios años venía transformándose.

-Ahora son temas más conocidos, pero en ese momento era muy impactante. Cómo así que no culpar, qué Dios no castiga, qué no existe el pecado. Eran cosas que decía Un Curso de Milagros, un libro que unos años antes habíamos comenzado a estudiar. Inicialmente no logramos encajar con el concepto de perdón del curso hasta que empezamos a asistir, dos veces a la semana, donde Gerardo.

También llegaron nuevos talleres: prosperidad, poderes, renacimiento, manejo del estrés, ángeles, feng-shui y en el año 2000 Merkaba y Despertando el Corazón Iluminado en 2011. Conocieron a Drúnvalo Melquisedec –maestro que enseña esta milenaria meditación basada en la geometría sagrada– y decidieron pasar por el largo proceso de convertirse en facilitadores.

¿Maestros?

Desde que empezaron a dictar talleres y, más recientemente, con la creación en 2012 de la Escuela de Conciencia Gor-Al, Hélmer y La Hermana María han sido considerados faros y maestros de cientos de personas que han buscado en sus cursos una alternativa para autoconocerse y transformar su vida. Ellos no se consideran, sin embargo, dignos de este título. “Mi sensación es que nosotros somos simples intermediarios de los seres de luz que ya lograron la ascensión, eso es todo, pero entrar a títulos y nombramientos nunca”, asegura la Hermana María.

Sin título, pero con coherencia y ejemplo siguen trabajando desde un amoroso servicio por quienes piden su guía. Como sutiles presencias sagradas que nos recuerdan esa inmensa luz que todos compartimos.